martes, 5 de febrero de 2013

Y si no hay remedio, litro y medio (tercera parte)


A Nora
 Jesús Rito García


Foto: Blanca Padilla Feria del mezcal Oaxaca
Hace como diez años, o más… Estuve viviendo una temporada en la ciudad de Nápoles, Italia. Un lugar muy parecido a México, o quizá más loco, esperpéntico, como diría Valle-Inclán (Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas). Entonces por esos ayeres yo tendría unos veinte años y un cúmulo de estupideces en la cabeza, como suele suceder a esa edad. También tenía muchas ganas de conocer, de viajar, de hablar de mi vida mexicana en Europa. Y entre las muchas historias que llegué a contar muy afanosamente fue la historia del mezcal. Me la sabía de memoria. Además, llevé un par de botellas, las cuales durante mis dos primeros días en Madrid se acabaron, no quedando más que el recuerdo del nombre de la botella “Para todo mal, mezcal. Para todo bien también”. 
Fue un viaje bastante etílico. En esa casa, pequeña comuna oaxaqueña en Madrid, se bebía de noche y se dormía de día, para no sentir el Jet lag. Siete horas de diferencia tenían que compensarse de alguna manera. Luego entonces, al no haber más botellas de mezcal, tuve que suplirlas con vino, grappa (aguardiente de uva), o cualquier cosa que emborrachara.


Pero para sorpresa mía, después de hablar tantas maravillas del mezcal, que si te hace perder la razón en menos que canta un gallo, que si su elaboración es “artesanal”, que es una bebida prehispánica; mientras iba con una amiga a comprar vino a granel, en un tendajo; entre las bebidas importadas estaba una rebosante y alegre botella de mezcal. En esos ayeres ni en la Ciudad de México se podía encontrar un mezcal decente. Entonces lo compramos y nos fuimos a ponernos una rebosante y excelsa borrachera con los amigos, aunque en realidad el único que bebió mezcal fui yo; ya que no les gustó y sólo lo probaban, y si a lo mucho, alguno llegó a tomarse una copa. Tal vez no era tan bueno, pero de que yo era un borracho, ni dudarlo.  


Imagino que para exportar bebidas alcohólicas lleva un largo proceso. Pienso que no es nada fácil cumplir con todas las normas y estándares de calidad. Pero también pienso que de todo el proceso para que una botella pueda estar en cualquier tienda del mundo, lo más difícil es el inicio. 


La agroindustria de mezcal en Oaxaca se encuentra integrada por tres sectores que no necesariamente comparten expectativas comunes, sino que la mayoría de las veces presentan intereses antagónicos.


De estos tres sectores, el sector más ventajoso y con expectativas sólo monetarias es el sector de envasadores y comercializadores. Son ellos, los que reciben los beneficios de la agroindustria. Son ellos los que compran a muy bajo precio y venden a precios exorbitantes en México y en el extranjero. Un amigo que vive en Nueva York me comentó que allá, una botella te cuesta alrededor de 200 dólares, cosa que ni de risa un productor desde su palenque podría llegar a vender.


Calos Marx lo llamó plusvalía, pero yo creo que en el caso de Oaxaca se puede llamar “gandallés”. Que al igual que en muchas otras cosas, siempre llegan aquellos que se aprovechan de los que hacen las cosas con mucho esfuerzo.


El proceso del mezcal es muy complicado y por lo tanto se debe valorar aún más, pagar a los que realmente hacen el trabajo. También se deben buscar las formas de realizar de manera sustentable los cultivos de magueyes silvestres, así como vigilar el proceso de quema de leña y deforestación que conlleva el aumento en la producción de manera artesanal. En fin, esperemos que la suerte del mezcal no sea incierta. 


mientras tanto: Para todo mal, mezcal. Para todo bien, también… Y si no hay remedio litro y medio.

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