A mi hermano
Miguel Ángel
Por Jesús Rito García*
A principios de diciembre [2012], días
antes de volver a España tras una estancia de un par de meses en México
que aprovechó para completar su interpretación fotográfica libre de la novela Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, mi querido colega periodista murciano José Luis Vidal Coy me dejó sobre la mesa Leyendo de corrido. Música norteña y literatura.
Siempre lo he dicho: los libros
llegan a uno justo cuando se les necesita y el que tengo entre las manos no es
la excepción. Tan es así que aún no sé cómo llegó a mí. Sospecho que fue
gracias a mi amiga Annetta: compró libros compulsivamente en México, pero
pesaban demasiado para volver con ellos a Francia.
Entre el gremio de los periodistas de Ciudad Acuña y Monclova, en
la frontera noreste de México, hay todavía la información testimonial
básica para clarificar judicialmente la desaparición de Rafael Ortiz Martínez,
ocurrida el 8 de julio de 2006. El Comité para la Protección de
Periodistas, la Sociedad Interamericana de Prensa y Reporteros sin
Fronteras la han publicado de manera parcial. Los gobiernos estatal y
federal optaron, en cambio, por hacer tiempo, por invocar a su aliada la
desmemoria.
Tres años habían pasado ya, desde su llegada a
esa ciudad. Tres años de habitar sucias calles; de ver, sólo desde fuera,
hogares iluminados.
Muy grave, gravísimo para la democracia lo dicho por Marcelo
Ebrard, el uno de diciembre, ante los
actos violentos ocurridos en la capital: “si quieren protestar ahí están los
partidos, intégrense”.
Excelentes las intenciones de Enrique Peña Nieto, manifestadas
en su discurso de toma de posesión, muchas de ellas un reclamo social desde
hace largo tiempo: una reforma educativa, la banda ancha como derecho de todos,
apertura a la competencia en telecomunicaciones, los trenes de pasajeros nuevamente
en circulación, combate a la delincuencia preventivo no punitivo, atención a las
madres solteras, a los adultos mayores y a los millones que padecen hambre.