lunes, 17 de octubre de 2011

Cesare Pavese y la leyenda del poeta mendigo

Fragmento de "Qualche motivo", un cuento inédito escrito en 1936 por Cesare Pavese, en el que el gran escritor italiano ironiza sobre la represión hacia los intelectuales, un cuento para reflexionar acerca de la libertad de expresión.
***
Explicar a causa de qué maldito embrollo fui denunciado, requisado y arrestado, según un famoso artículo, por "inactividad económica", sería engorroso para quien no entiende de estas cosas y, para mí, inútilmente doloroso. Basta señalar aquí que no faltó la traición de un amigo, que había recibido de mí no pocos beneficios e, incluso, una benévola atención dedicada a la lectura de una estúpida colección de cuentos suyos. Quien me conoce sabe qué relación afectuosa presupone semejante gesto de mi parte. Pero, dejémoslo ahí.
A pesar de la denuncia formal de mendicidad, a pesar de la increíble precariedad de los réditos como literato que pude probar a mi favor, y no obstante el aspecto debilitado del rostro y de mi cuerpo, que atribuí con escasa inventiva a una reciente enfermedad, creí que estaba por salir absuelto de la situación cuando el funcionario, un señor canoso y regordete con el aspecto de un buen párroco, me desplegó una hoja enorme bajo las narices.

-¿Reconoce esto?
Naturalmente no lo reconocí. Pero comprendí que ya no era el caso de pensar en mi salvación. La hoja contenía un breve desahogo en versos, escrito de mi puño y letra , algún año antes de una desgraciada aventura de amor que había creído poder olvidar con ese gesto peligroso, desesperado. Una cosa de muchachos. ¿Pero qué otra cosa son las cosas de muchachos sino revelaciones sobre lo más secreto y potencial de nuestra naturaleza?
-Jovencito, no se humille negándolo. La autenticidad del texto adjunto ya fue controlada. ¿Es posible que con su inteligencia no haya intuido enseguida que una acusación por inactividad económica carente del elemento flagrante y proseguida con insistencia no podía sino basarse en algo más que una simple denuncia de mendicidad? Esa denuncia, por lo que nos resulta, puedo hasta admitir que sea una calumnia. Pero nosotros tenemos por máxima dar curso a todas las denuncias de este tipo, pues sería muy extraño, y a mí hasta ahora no me sucedió nunca, que, en los bolsillos o en la vida pasada de un sospechoso de mendicidad, faltase una colección de poesías o un poemita o una canción o incluso -vayamos a usted- una simple lírica pasional.
Yo miraba, sin ver, el ramo de oleandro que cruzaba las barras de la ventana, a cielo abierto, o la pared emblanquecida por la cal, detrás de la cabeza del funcionario.
-¿Usted conoce la ley especial que lo concierne en este caso?
-No.
-Sí, usted la conoce. Se la estudia en la escuela. Por otra parte, no importa. Usted ha compuesto versos, usted ha hecho cicular estos versos, usted podría escribir aún más versos... ¡Y los hará! Usted -agregó fulminándome- es un mal ciudadano, nocivo para sí y para los otros, usted le roba a la sociedad que lo nutre, sustráyendole el tiempo y la energía que le debe, corrompiendo quizás a otros, usted es un poeta.
La cabeza canosa y benévola del viejo era ahora leonina.
-Veamos -prosiguió-, de su inactividad agravada ya está convencido. Su mendicidad no se probó, pero tampoco se probó si usted ha vivido hasta ahora de algún trabajo útil.
-He vivido de mi pluma. No soy un poeta, yo soy un prosista- interrumpí casi llorando-.
Me estudió con ojos pequeños, después se tomó el mentón con sus dedos.
-Yo no creo -dijo lentamente- que un hombre capaz de escribir versos sepa o pueda vivir sin recurrir a la limosna. Y por eso admiro la sabiduría de una disposición que consideró bajo la misma figura a mendigos, músicos vagabundos, mantenidas y poetastros, englobando lo que hacen bajo el parágrafo de inactividad económica. Pero justamente por eso, como ciudadano y como funcionario, espero con ansia el día en que será prevista una extensión de imputabilidad a toda hojita garabateada arbitrariamente. Hablemos claro, jovencito, usted me entiende a pesar de todo: no alardee demasiado de su pluma. La aparente tolerancia del Gobierno en algún momento se va a terminar. Si, por razones de oportunidad revolucionaria, todavía está consentido ocuparse, como dice usted, de prosa, también es cierto que la opinión pública desaprueba justamente toda forma de escritura y usted debería avergonzarse de no tener otra respuesta ante la aplastante evidencia más que ese hipócrita "yo soy un prosista".
-Yo no me avergüenzo -respondí palidísimo-. Y me maravilla que usted pretenda dar una lección al Gobierno mientras se encuentra aquí para hacer respetar lo que el Gobierno explícitamente prescribe.
Todavía hoy me estremezco ante la sonrisa de gato divertido que me lanzó el viejo.
-Querido poeta, tomo nota de que usted afirma conocer lo que el Gobierno explícitamente prescribe, mientras que antes lo negó. La coherencia no es una virtud de los suyos. Allá ellos. Pero le aconsejo que no se abandone demasiado a su gusto por la prosa y sobre todo que no lo diga en voz alta. Ayer un novelista -usted lo llamaría prosista- fue golpeado por la multitud, mientras las fuerzas del orden lo arrestaban por mendicidad. ¿Y sabe qué grito se escuchaba entre la multitud? "¡Inútil, traidor, individualista!" Supongo que usted creerá en una rivalidad del oficio.
-Yo no creo nada, admiro sólo la energía de las fuerzas.
-En su situación, yo no me haría el gracioso -me cortó en seco el viejo-. Podría ser que las fuerzas haya obedecido a una orden. Y que obedezca todavía en el futuro. Le quiero decir una cosa, en cambio. ¿Usted sabe que la literatura -la prosa, disculpe- está incluida entre los artículos suntuarios, junto con el tabaco y la prostitución?
-Sí, y es una infamia.
-Tomo nota de su coherencia social. De cualquier manera, ¿usted sabe que tabaco y prostitución se hallan hace ya tiempo bajo monopolio?
-¿Y con eso?
-Pues bien, llegará el día en que también la prosa de ustedes pasará al Monopolio de Estado y, entonces, ya no le robarán más a la sociedad. ¡Tendrán que trabajar, por Dios! Cada año la oficina competente se ocupará de producir una de esas novelitas. 

Traducción: Alejandro Patat

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