viernes, 10 de junio de 2011

“Tú poeta y ellos…tantos”

Blanca Padilla 

Excelente me parece la frase que encabeza esta nota. Fue creada por el cantautor vasco Patxi Andión para homenajear al gran poeta Federico García Lorca,  quien, a pesar de sus asesinos franquistas, ya es inmortal.
 
La traigo a cuenta como un saludo a Javier Sicilia, ese poeta mexicano que está llevando a cabo una incalculable cruzada por la paz, por el cese a la violencia en nuestro país. 

Desafortunadamente no todos los que quisiéramos podemos acompañarlo en sus jornadas y hacer patente, de esa manera, nuestro rechazo ante una política ciega y sorda, ante esta guerra de ojo por ojo contra el narcotráfico. 

Pero, qué hace un poeta encabezando esta empresa pacificadora. Hace meses comencé a escribir en contra de esta masacre que nos ha costado ya más de 40 mil vidas. No de mala fe, quiero aclararlo. Mi único fin fue unirme a las voces que desde distintos sitios condenaban este absurdo. Nunca imaginé que fuera un poeta quien le daría forma a ese dislocado llamado a la cordura.

Aunque, el hecho, tiene mucho sentido. Javier Sicilia, a mi entender, sólo está materializando lo que de sublevación hay en toda la poesía. Lo que hace Sicilia en este momento es una poesía tangible, visible y audible.

Como el mismo lo dijo, en el poema dedicado a su hijo asesinado: “el mundo ya no es mundo de la palabra”. Ya no, los acontecimientos exigen acciones y sus palabras se han transformado en un movimiento que conmueve a miles de personas y mueve a cientos por las calles y las plazas de esta República herida, lastimada. Aunque no todos lo sientan, aunque no todos estén dispuestos a elevar su voz a esas alturas. 

Sería mucho pedir, es bien sabido que siempre hablan unos pocos. Predomina esa miseria moral llamada neutralidad. La mayoría de los ciudadanos permanece dormida y, lo peor no es estar dormidos, lo peor es no ser capaces de soñar. Si la vida es sueño, entre más se sueñe más se vive.  

Sicilia sueña y no ha dejado de hacer poesía, encontró otros caminos para hacerla.

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El sobreviviente

Javier Sicilia

Toda ausencia es atroz
y, sin embargo, habita como un hueco que viene de los muertos,
de las blancas raíces del pasado.
¿Hacia dónde volverse?;
¿hacia Dios, el ausente del mundo de los hombres?;
¿hacia ellos, que lo han interpretado hasta vaciarlo?
¿Hacia dónde volverse que no revele el hueco,
el vacío insondable de la ausencia?
Hacia ellos, los muertos, que guardan la memoria
y saben que no estamos contentos en un mundo interpretado.
Mas las sombras, las sombras que la interpretación provoca
y nos separa de ellos,
las sombras con su viento todo lleno de la abierta ventana hacia el espacio,
las sombras donde no hay anunciación
trabajan nuestro hueco.
¿Será que ya no hay nada atrás de ellas,
o el oscuro dolor por nuestros muertos
–como el amanecer que empieza a medianoche,
a la hora más oscura de la noche–
anuncia su retorno en el sigilo?
¿No es tiempo de encontrarlos nuevamente
donde nada parece retenerlos,
así el roshi descubre el todo en el vacío que no contiene nada?
Tal vez sí, porque sus voces vienen de lo oscuro,
de su vacío vienen
como un rumor de río en un riachuelo,
como un dulce reclamo imperceptible,
como una tenue estrella entre las sombras
vienen sus voces, vienen desde lejos.
Óyelas, corazón, como sólo los mojes sabían escucharlas
atendiendo en el rezo su incesante llamado
con los pies en la tierra.
Así los escuchaban,
escuchando el arriba y el abajo,
preservando en sus tumbas el suelo que habitaron con nosotros.
No es así que tú puedes escucharlos en el espacio en sombras de un mundo interpretado.
Pero escucha la queja de lo Abierto,
el mensaje incesante, esa advertencia que viene desde lejos,
ese rumor tan suave que casi nadie escucha
y llega a ti de todas las iglesias,
como si en esas piedras, que guardan la memoria de los muertos,
habitara la llama de su estar con nosotros,
de su sola presencia en la resurrección
y descorriera un poco nuestras sombras.
Porque es difícil vivir en un mundo sin ellos,
difícil no sentir a nuestros muertos alimentando las obras de los hombres;
difícil no seguir sus costumbres, que apenas conocimos;
difícil habitar en las sombras
como un alucinado que repentinamente recobra la memoria
para luego volver a su intemperie;
difícil ver aquello que los hacía nuestros flotar en el espacio y diluirse.
Estar vivo es penoso,
y nosotros, nosotros, que los necesitamos con sus graves secretos,
nosotros, que sabemos que no podrán volver a un mundo interpretado,
a veces escuchamos, como un ligero viento, ascender de las sombras
la música primera
que forzando la nada trajo a Eurídice al mundo;
una nota tan tenue, tan pura como el Cirio
que promete su vuelta en medio de las sobras
y nos trae el consuelo.

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