sábado, 15 de junio de 2013

Ir por azucenas, tradición que se pierde*

Por Blanca Padilla

Con las primeras lluvias del verano, una actividad tradicional en los Valles Centrales de Oaxaca, desde tiempos inmemoriales, era “ir por azucenas”.


Revestía un carácter romántico, comenzando por la leyenda de Donají que relataban los maestros en la escuela: una princesa zapoteca que murió por amor a su pueblo. 

Decapitada por los enemigos mixtecos, jamás se supo dónde había sido enterrada su cabeza, hasta que un pastor, al  arrancar una perfumada flor blanca que vio un atardecer en las márgenes del río Atoyac, dio con ella. 

Ese fue el primer lirio silvestre o azucena de que se tiene memoria.

Para los jóvenes enamorados era un buen pretexto para estar junto a la novia por más tiempo, en la soledad del campo. También era un buen motivo de convivencia entre compañeros de escuela o con la familia. No había joven de secundaria o bachillerato que se perdiera de una visita al campo para buscar azucenas, sobre todo cuando la lluvia era finita, cálida, entre los destellos de un sol mortecino y el infaltable arcoíris.
Foto: Celestino Robles

El ascenso a las montañas circundantes, en cualquiera de los pueblos de los Valles  Centrales, comenzaba hacia las cinco o seis de la tarde. En la ciudad de Oaxaca el Cerro del Fortín y las colinas de Montealbán, entre otros que rodean la ciudad, eran el objetivo. No en vano al auditorio Guelaguetza se le conoce también como Rotonda de las Azucenas.

Conforme oscurecía, las azucenas iban apareciendo aquí y allá. "Como duendes que invitaban a seguirlas", según mi gran amigo y colega Celestino Robles. 

No era que no estuvieran ahí antes, pero son flores que conforme avanza la noche van abriendo sus corolas y despidiendo su exquisito perfume.


Foto: Celestino Robles

De esta forma, la recolección que iniciaba en las faldas de los cerros podía terminar hasta en la cima si la fuerza de voluntad del recolector era débil y la ambición por  acumular la mayor cantidad de estos perfumados lirios era demasiada.

Se cuenta incluso de personas que se extraviaban en las montañas persiguiendo las efímeras azucenas que sólo florecen una noche o cuando mucho dos, una vez cortadas y colocadas en los floreros de los hogares oaxaqueños.

Así era. Actualmente, por lo menos en la ciudad de Oaxaca, la mancha urbana ya invadió los cerros y destruyó el hábitat de estas plantas. También, la vida agitada de hoy, donde  cada vez hay más distractores para los jóvenes, echó al olvido esta vieja tradicción.

Consultamos al respecto a varios jóvenes entre quince y 20 años. Resultado: la mayoría no conoce las azucenas, las han visto por las personas que vienen de Cuajimoloyas o de San Miguel del Valle a venderlas al centro de Oaxaca, pero nunca han visto una en su hábitat. Tampoco les interesa.

Para ellos las azucenas son una flor más, no un símbolo de la cultura oaxaqueña. ¿Pero su aroma es muy agradable, no crees? Preguntamos a uno de estos jóvenes que desdeñoso respondió: ajá.

Y así, con ese mismo entusiasmo actúan la mayoría, incluso algunos adultos que miran arrogantes a las vendedoras de azucenas que recorren el primer cuadro de la ciudad ofreciendo ramitos de estas flores. “Hacen como si no las conocieran”, comentó la señora Margarita Hernández, vendedora de San Miguel del Valle.

Ella, al igual que la señora Maximina Hernández, del mismo pueblo, tiene  entre cinco y seis años de venir a ofrecer azucenas al Centro Histórico. Diario traen cerca de cien rollitos con unas cinco flores cada uno y los ofrecen a tres o a cinco por díez pesos, dependiendo si quieren acabar pronto.

Foto: Blanca Padilla
Para esta venta, no invierten más que en los pasajes y el tiempo de recolección de las flores, pero de todas formas es un ingreso muy bajo, señalaron ambas. Sin embargo, algo tienen que hacer y aprovechan la temporada para obtener un recurso extra.

Esto, recordó la señora Maximina, ya lo hacía su padre desde cuando ella era pequeña, hace más de cuarenta años. Su padre subía al cerro y sólo les decía que iba por flores, más tarde volvía para decirles que se iba a la ciudad para venderlas.

“Igual, como él lo hacía, con lo que saco compro mi frijol, mi azúcar, unas galletas y ya me voy al pueblo, yo vivo sola, mis hijos ya se casaron y otros están en el norte, mi marido murió hace años”, relató doña Maximina y luego se despidió perdiéndose entre la gente que deambulaba por el Corredor Turístico bajo una fina lluvia en esa tarde nublada.


Así desaparecerán también las azucenas, su época está terminando, algunas sólo para dormir un año y volver a brotar en junio. Otras en cambio, lo harán para siempre ante el embate de los humanos que invaden su espacio y ya ni siquiera se interesan por admirarlas.

*Artículo publicado originalmente en el diario Tiempo de Oaxaca, en agosto de 2010.

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