viernes, 25 de octubre de 2013

¡La fiesta del pueblo!


Por Celestino Robles  

El temor de una fuerte tormenta mantenía alerta a los espectadores, los pronósticos del tiempo habían anunciado un posible chubasco y el cielo comenzaba a tornarse gris por las pesadas nubes cargadas a punto de estallar.  

Apenas eran las 10 de la mañana y el zócalo de la ciudad de Oaxaca parecía estar de fiesta, una singular fiesta donde no habían elegantes vestimentas, ni aquellos olores a perfumes caros traídos directamente de Francia. Se respiraba una indescriptible hermandad.  

Con calma fueron llegando los invitados a este convite, traían todo para iniciar el fandango, por cierto, visto en muy pocas ocasiones en el pleno centro de la Verde Antequera. La armonía era tal, que el primer cuadro de este emblemático lugar simulaba un mundo aparte, un mundo que dejó boquiabierto a más de uno. 

Todos estaban absortos en jugar su papel. En menos de una hora estaba armado el gran salón, una pesada lona que anunciaba la festividad fue levantada como señal de que todo estaba listo: XII Espartaqueada Cultural Estatal”, decía, por si todavía no se adivinada la razón de tanta gente trabajando a ritmo acelerado para dar inicio a un desfile de colores y una majestuosa mezcla de etnicidad.  

¡Qué comience!”, decía un grupo de personas que estaban detrás del escenario que tenía como fondo la catedral que tanto enorgullece a los oaxaqueños. El temor a la lluvia se hacía presente de nuevo, los oradores entonces parecieron adivinar el pensamiento de todos los que ya rodeaban el sitio donde los domingos la banda sinfónica del estado deleita piezas sagradas como el Dios nunca muere o la Martimiana 

Las espartaqueadas estaban comenzando a eso de las 11 de la mañana.  No hubo chirimías previas, ni pasarelas exhibicionistas de trajes regionales con mujeres y hombres que simulan ser indígenas y posan para la lente de los extranjeros y medios locales. No, no  había necesidad, el lugar estaba lleno de aquello que le gusta exhibir a los utópicos indigenistas del sistema, pero aquí el cuadro era auténtico, era de ellos la fiesta, era un encuentro cultural del pueblo.  ¡Cuanta originalidad en la vestimenta! Se podía ver a hombres y mujeres tal como visten y viven en sus comunidades, con huaraches, trenzas, pantalones que reflejaban el uso por el rudo trabajo del campo, ahora juntos en un festín, donde bailarían, cantarían y declamarían como unos profesionales. Los acentos en su vocabulario los distinguía, infinidad de regionalismos, jergas costeñas con sonoras carcajadas, risas encantadoras de mujeres istmeñas y mucha seriedad en los mixtecos, como si a cada región los dioses les hubieran dado ciertos dones y gracias, y que ese era el momento de distinguirse y como todo oaxaqueño, sentirse orgulloso de sus raíces y cultura. 

Sin tropiezo alguno, ni impedimento para nadie, dieron inicio los encuentros. El zócalo ya estaba a reventar. De la mesa principal ubicada frente al templete, se levantó Gabriel Hernández García, el dirigente de Antorcha Campesina, conocido en Oaxaca, se le ha visto en las dependencias encabezando gestiones desde hace más de 25 años, subió con cautela pero sin prisa y dio la bienvenida a los participantes. Asombrosamente, el público, los invitados y hasta gente extraña, permanecía atenta a las palabras que emitiría este personaje parco y con aspecto un tanto riguroso. 

-Este año no es como los otros -dijo en tono preocupado. Este concurso cultural, aparte de ser de fiesta, es de protesta, es de rechazo -dijo en tono más fuerte. 

Muchos parecían entender, otros cuantos se cuestionaban las razones de protestar, si sólo se notaba ambiente de alegría y efusividad. 

Habló sobre la tragedia que envolvía a su movimiento en el Estado de México, habló de ejecuciones y secuestros, casi con terror narró la situación de muerte que ronda a sus compañeros en Ixtapaluca. 

El silencio se hizo presente en el foro por segundos, hasta que alguien encabezó una aquejumbrada  consigna de apoyo: “¡Oaxaca está con el Estado de México!”. Después le siguieron unos tantos, hasta que todos corearon al mismo tiempo. 

Fue un discurso con sentimiento, ya se le había escuchado antes en otros mítines, pero éste pareciera que le salió del fondo del corazón .

-Enviamos un saludo fraterno –dijo; calló un momento. Un mensaje fraterno a Maricela Serrano Hernández, y que sepa que los oaxaqueños estamos unidos fuertemente a ella. 

Los aplausos no salieron a fuerzas, más bien eran espontáneos, en ese momento los asistentes habían sentido el mensaje que daba su líder y sin decirlo, también se mostraban solidarios, parecían comunicar con sus movimientos, actitudes y gestos, que se hermanaban con el antorchismo nacional.  

En tan solo media hora, había una mezcolanza de oaxaqueños, habían antorchistas, extranjeros, curiosos y hasta perredistas presenciando lo que traían las regiones de Oaxaca en esta justa cultural que desde hace doce años vienen realizando en Oaxaca. 

También de dolor se canta  

11:30 de la mañana y resonaba el sonido debajo de los remodelados muros del Palacio de Gobierno, una enorme fila de hombres, mujeres y niños preguntaban acerca de su participación en éste particular concurso. ¿Después de quién sigo yo?”, “¿Cuántos faltan para que me toque cantar?”, se escuchaba entre ruidos del ambiente ahí generado. 

 Todos ataviados con sus mejores galas, vestidos para la ocasión, no era un día cualquiera, era un concurso y tendrían que dar su mejor proyección, comenzaron  a participar los pequeños, después los jóvenes y al final los adultos.  

Hubo canciones de  dolor y sentimiento, entre canción y canción, coreaban consignas, también entonaron corridos que narran la vida del pueblo, historias en las que ellos son los mismos protagonistas y no faltaron las canciones de protesta. Desfilaron grandes autores de letras que han penetrado en el alma de los campesinos y hasta compositores brotaron, como aquel hombre que cantó el “Corrido antorchista”, interpretación que  hizo mover fibras sensibles de los ahí cobijados por la emoción. 

Y se baila… 

La lluvia tan temida aún no daba señas de aparecerse, a cada momento Gabriel Hernández cuestionaba sobre éste fenómeno natural y lo hacía latente. La sombra del viejo laurel ahora cobijaba a casi mil espectadores que esperaban con impaciencia cada uno de los concursantes, se podía adivinar cuántos pisarían el escenario por las vestimentas de los grupos folclóricos, transformados totalmente, esperando tras la escenografía su turno.  

En ese momento comenzaba el reto de convencer a los propios oaxaqueños de la atrevida declaración que hiciera el líder antorchista minutos antes, cuando sostuvo que la fiesta de ellos (de los antorchistas) era mejor que la misma Guelaguetza, ícono de identidad de los oaxaqueños. Más de un intelectual debió sentir el porrazo al escuchar esto, pues es casi atentar contra el arraigo de miles de oaxaqueños. 

Cerca de las 13 horas, los fuertes músculos de los bailarines por momentos parecían tener alguna relación estrecha con las duras tarimas que sentían los fuertes golpes de los zapateados y saltos que daban los danzantes de la pluma, y los Diablos de Juxtlahuaca que con imponentes máscaras azotaban los fuetes contra  el suelo.  

Demasiada  gracia causaron una veintena de niños que al puro estilo del carnaval de Sinaloa hicieron que la gente se levantara de sus lugares  y aplaudieran sin parar. A muchos se les enchinó la piel cuando las mujeres mayores, auténticas de la colonia Monte Albán, con un ritmo admirable ejecutaron danzas de Michoacán, sí… aquellas que marchan y lanzan consignas en las dependencias públicas, ahora mostraban que el ser humano no tiene porque ser unilateral y puede desenvolverse en los ámbitos que desea. Esa mañana, sonrientes, algunas por los nervios y otras porque disfrutaban ser admiradas, comenzaban a reforzar el planteamiento de que la fiesta, ésta guelaguetza de los antorchistas, era más significativa que la fiesta racial que se admira en la rotonda de las azucenas. 

Aquí también los moderadores hacían presente a cada momento la protesta, una enorme manta precisaba el sentimiento de rechazo hacia los gobiernos opresores.  

El plato fuerte  

De  los lados, izquierdo y derecho, a eso de las 2 de la tarde, comenzaron a  brotar los más deliciosos olores a comida recién cocinada, eran diversas mujeres que de las regiones de Oaxaca habían traído una prueba de los guisos representativos de cada una de sus poblaciones, éste era el banquete de aquella fiesta también, todo aquel que pasaba cerca podía probar, botana que iba desde chapulines hasta salsa de pepitas, aves de corral condimentadas para la ocasión especial, hubo moles y una gama infinita de sabores. 

-Aquí el que no come, carga -dijo una de las concursantes, soltando tremendo plato a los presentes. 

Marcado contraste el que se presenció, pues en la  parte posterior están los potentes corredores de Restaurante Marqués Del Valle, pero ahí no caben las ollas ahumadas ni tanto invitado.  

Amenaza cumplida 

10 minutos antes de las 4 de la tarde, grupo dancístico “raíces de mi tierra” ejecutaba un mosaico de bailes oaxaqueños, cayó la lluvia, los bailarines lejos de correr a protegerse de las gruesas gotas que mojaban sus coloridos trajes, siguieron bailando, el público aplaudió éste gesto desde las cornisas de los hoteles cercanos y otros bajo los árboles que servían de techo ante la ya anunciada  tormenta que caía. Los presentes no se alejaron jamás, luego de unos minutos se incorporaron para seguir deleitando la pupila. 

La música seguía y las poesías también, cada quien absorto en su foro, tan solo adivinaban lo que pasaba en los otros.  

Explicar la sensación que provocó en los asistentes la deslumbrante presencia de 15 mujeres elegantemente vestidas con trajes de tehuanas, resulta difícil, el asombro y conmoción llevó al clímax esta verbena popular preparada por los antorchistas. Los resplandores blancos y las flores bordadas en  sus trajes combinaban perfectamente con su proyección, y una expresión angelical que las acompañaba con ligeros movimientos en las manos, pies y caderas. Parecían unas diosas bailando al ritmo  de la Sandunga, ninguna comparación con la belleza, resulta exagerada para este cuadro digno de ser plasmado en un lienzo.  

Era la última categoría de la tarde, la más complicada susurraba el jurado calificador como adelantando que se trataba de los mejores cuadros, los que se prepararon con días de anticipación y ahora demostraban que el arte no se improvisa. 

Ya para las 7 de la noche había llovido y secado el sol la cantera de la plaza central donde también la noche comenzaba a caer, había sido un día espectacular. Así como llegaron se fueron marchando. Carlos Sánchez, quien había fungido como jurado, fue llamado y subió al estrado a clausurar el evento, así se lo habían indicado los moderadores y no tardó en decir que se llevaba las más grandes impresiones de lo que había presenciado. Justo entraba la noche también y como muestra de que todos serían testigos de la hora del cierre de la justa cultural, giro la cabeza para ver el reloj de la catedral que estaba como majestuoso fondo de los bailarines, eran las 19:07 

El zócalo se fue vaciando, sólo comentarios emitidos a manera de susurro se escuchaban, algunos rebosantes de satisfacción y otros con alargadas facciones indicaban no haber desempeñado el mejor de sus papeles en el concurso. Primero se fueron los espectadores, después los bailarines, músicos, poetas, al final los organizadores.  

Una banda tocaba frente a los portales, pero ésta deleitaba  a los comensales a cambio de unas cuantas monedas, quizá no lo hacían por gusto, sino por obligación. Las luces se apagaron y la gran lona que anunció el comienzo de la  XII Espartaqueada Estatal, ahora indicaba el final de ésta.  

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