martes, 6 de diciembre de 2011

El promotor de senilitos

Guillermo Fárber
 
Como asesor he cometido muchos errores; no el de creer  que en verdad me pagan por dar consejos. En el directorio telefónico y en los registros estadísticos mis datos van a dar al casillero de firmas de servicios profesionales, pero en el medio sabemos bien que nuestro negocio es otro, bastante menos definido, que nace, crece, se reproduce y muere todos los días de modos imprevisibles. Como un cultivo de bacterias. De nosotros se espera que seamos, no necesariamente en este orden, parteros, alimentadores, verdugos y enterradores de proyectos. Y como partero profesional, no suelo sorprenderme ante acercamientos a primera vista extravagantes, como el de aquella mañana de julio.
Era un día normal: el tránsito en las calles parecía cocodrilo en pantano; el aire, aliento de cirrótico en el ojo. Isi, mi secretaria me recibió con un curioso mensaje: había llamado, muy temprano, el doctor Jacinto Otálora, promotor de senilitos. Deseaba concertar una cita. Isi le había propuesto el siguiente jueves a las once (mi agenda preveía un partido de tenis a las ocho en el cub del otro extremo de la ciudad), pero el doctor Otálora prefería un desayuno a las siete  donde yo escogiera. Insistió en que se trataba de  un negocio importante.
A mí más bien me pareció intrigante, así que le pedí a Isi cancelar el tenis y concertar el desayuno en mi cueva favrita. En seguida, fui al diccionario. No  encontré “senilitos”. Consulté las raíces senil, viejo; litos, piedra. ¿Piedras viejas?¿sería el doctor Otálora un traficante de reliquias arqueológicas? Podía ser: estaban en su apogeo las excavaciones en el centro de la ciudad: tres o cinco o no se cuantas culturas diferentes habían amontonado piedras en capas sucesivas, y ahora nosotros considerábamos indispensable desamontonarlas. 

Pero la vigilancia era estrecha. ¿O sería su blanco la desvalida selva del sureste. Con menos poblados que ciudades abandonadas y más dioses que habitantes? Pero el saqueo ahí era ya legendario y nunca había necesitad servicio de consultoría. O podía tratarse de mover piedras viejas. Recordé a J.P. Morgan y a otros mitos americanos que, en el mejor estilo del Gran Gatsby, habían trasplantado a sus bien vigilados acres castillos austríacos o franceses… ¡Por supuesto! Estaba claro: para descubrir nuestro pasado indígena había sido necesario derribar el pasado reciente, vetustos edificios de oficinas de los años 30 y 40. Pero esas construcciones, de cualquier modo, eran ya carne de demolición y no representaban pérdida alguna en lo histórico y en lo artístico. 

El problema estaba en el pasado colonial. ¿Qué pasaría, digamos, cuando se hiciera evidente que las edificaciones del Templo Mayor se continuaban bajo el palacio del Arzobispado?¿Habría que escoger entre la Coyolxauhqui y la Guadalupana? No, no habría que hacerlo porque ahí estaría el ingenioso señor Otálora con su proyecto de traslado de edificios, piedra por piedra, a ubicaciones  menos comprometidas. Eso era justamente lo que yo entendía por estar en el momento adecuado con la respuesta correcta.

Ese jueves Belfast, mi úlcera duodenal, amaneció un tanto inquieta, el tránsito parecía rebaño de hipopótamos en tierra y el aire era aliento de cirrótico con fiebre, Yo acudía al desayuno con el ánimo dispuesto a enfrentar la inevitable excitación de todo creador con ideas. Como a una primípara, sería imprescindible decirle al doctor Otálora que el suyo era el bebé más notable jamás nacido: maravillosa idea, solución salomónica, respeto a nuestros dos orígenes, llamado a la cordura para los ultras del indigenismo y los ultras del hispanismo, etcétera, etcétera. Sin embargo, abrigaba dudas sobre la practicabilidad de la idea. El doctor iba a tener que demostrarme que poseía una clara noción del negocio de mover piedras, En especial esas piedras que , en cierto modo estaban vivas… el palacio del Arzobispado, por ejemplo era la sede de la Dirección General de Crédito, cuya importancia era enorme en estas épocas de vulnerabilidad financiera, y cuya mudanza podría tener sutiles simbolismos políticos. ¿Habría anticipado el señor Otálora ese tipo de complicaciones? De cualquier manera, yo esperaba que el desayuno tuviera alguna otra compensación aparte la de evitarme una previsible derrota más en mi lamentable carrera tenística.

Jacinto Otálora resultó ser argentino. Su tarjeta de presentación decía: Ph. D., Proyectos Excepcionales. Aunque casi recién llegado, tenía ensayada perfectamente una letanía para, como el dijo, “vacunarse contra el prototipo”: no, no estaba a favor ni en contra de los militares ni del peronismo; no, no creía que Mafalda fuera el compendio de la sabiduría occidental; n, no era aficionado al futbol; y no, no estaba seguro de que Bariloche fuese el lugar más hermoso del mundo.

-Aclaradas estas trivialidades, podemos entrar en materia, ¿le parece?- dijo con una extraña ansiedad.

Ciertamente no actuaba como ningún otro argentino que hubiera yo conocido hasta entonces; más bien me recordaba  a mis bruscos asociados texanos del tipo sí-o-no-pero-ya . Sólo que aquéllos eran anchos y expansivos como sus propias torres petroleras, mientras que el argentino parecía una muestra deshidratada de humanidad. La voz vibrante y los gestos enérgicos desentonaban  con ese cuerpo escaso, esa calva incipiente, esas gafas excesivas y ese desmesurado portafolios de medio uso que pregonaba una mayor  preocupación por los contenidos que por las formas –acaso un indicio, acaso un señuelo. Detrás de las gafas, dos ojillos nerviosos se clavaron en mí.

-Usted, supongo, no sabe que es un senilito. ¿Me equivoco?

Hizo esa pregunta sin asomo alguno de sarcasmo pero con una seguridad tal que mi orgullo cayó  en el gambito  y cometí la torpeza de lanzarle mi brillante deducción sobre el desfile de piedras coloniales, mencionando, desde luego, que me parecía un proyecto muy original y promisorio si se implementaba correctamente.

El enérgico hombrecillo me escuchó impávido. Cuando terminé me dijo secamente:

-Sin ánimo de ofender, encuentro absurda su idea. Para ahorrar el valioso tiempo de ambos, mejor permítame explicarle qué es un senilito.

Y se lanzó  a una exposición metódica y exacta, como diseñada por uno de esos prehistóricos expertos en tiempos y movimientos. Pero aunque fue como contemplar la aburrida precisión de cintas magnéticas, el discurso del doctor Otálora logró mantener mi atención desde el principio hasta el fin. El concepto central, insistió, era simple: senilito no era sino la manifestación tangible de las obsesiones trascendentales de un espíritu angustiado y poderoso.

-La pirámide que se manda levantar el faraón, la Gran Muralla China que ordena construir el emperador, el palacio que el rey hace surgir de la nada, son típicos senilitos –dijo, como recitando, el doctor Otálora-, son productos del temor ante la cercanía de la muerte, de la envidia ontológica por los que habrán de sobrevivirle a uno… No sé. Es muy complejo. Pero no falla. Felipe II, mordido por la sífilis, ordena un senilito: El Escorial. Y Franco, mordido acaso por oscuros remordimientos, también hace el suyo, igualmente colosal: el Valle de los Caídos. Para pensadores, hay senilitos de ideas: los extra, los manuscritos teológicos del anciano Newton, digamos, o la inconclusa Teoría del Campo Unificado de Einstein, Para militares, los hay de armas; para soñadores, de poesía. Hay senilitos de tierra, de oro, de música, de amor, de odio, de dinero, de venganza, de tiempo, de esperanza, de traición, de letras, de viento… Todos tienen algo en común: son hijos de la angustia. Piense usted mismo un poco y encontrará cien ejemplos. Los hay gloriosos: los cantos de cisne de Goethe y de Bethoven: el Fausto y la Novena. Los hay perversos: tantos testamentos refinadamente crueles. Los hay elegantes, los hay cursis, los hay frágiles, los hay sensatos, los hay innovadores (yo me pregunto, pongamos por caso, qué tanto tuvieron de senilitos el Concilio Vaticano II de Juan XXII y la Revolución Cultural de Mao). Y hasta los hay francamente grotescos, como la gran cruz de concreto bajo la que se hizo enterrar en Acapulco aquel Señor  Financiero. Eso es un senilito: algo en que una voluntad poderosa y angustiada vuelca todo su esfuerzo con una esperanza de trascender a una decadencia que ya le muerde la garganta.

La conclusión del doctor Otálora era lógica: todos teníamos nuestra decadencia, más pronto o más tarde: todos nos angustiábamos por ello, en mayor o menor grado; y para conjurar esa angustia todos estábamos dispuestos a hacer algo, ya fuera sublime o ridículo. Había, pues, una necesidad. Por tanto, había un mercado: el mercado de los senilitos. Y ahí era donde entraba Jacinto Otálora, doctor en economía por la Universidad de Stanford y ex asesor de la UNESCO en proyectos para el desarrollo del Tercer Mundo.

-Naturalmente, el mercado de los senilitos, como cualquier otro mercado, debe segmentarse en función de las variables significativas. Yo he encontrado que tres son las fundamentales para cada posible cliente: cantidad de poder a su disposición, intensidad de su voluntad y obsesividad. Esto nos da un modelo de tres dimensiones fácilmente manejables, en cuyo vértice superior estoy posicionado. Mi mercado es el de los muy poderosos, muy voluntariosos y muy obsesivos. Sólo hombres; en este mercado no hay mujeres. Soy el Rolex, e Gucci, el Porsche de la nueva industria de los senilitos.

Mencionó antecedentes célebres, como el de Jacques Duchemin, el inescrupuloso publirrelacionista francés que recibió honores y millones del sanguinario Bokassa, a cambio de suavizar su imagen en el extranjero y de ayudarle a armar un senilito infame: la más fastuosa ceremonia de coronación de los últimos siglos.

-Pero esos son simples oportunistas- aclaró-. Lo mismo que los cortesanos y los aduladores profesionales. Aprovechan, claro, la ansiedad y el poder ajenos para recoger las migajas, pero están muy lejos de tener la visión grandiosa que se quiere para ser un auténtico promotor de senilitos. ¿O usted cree que la idea de los colonos de Abu Simbel no fue de Ramsés II? ¿O la de Versalles de Luis XIV? Reflexione: ¿no es humillante que un gran hombre tenga que idear y promover sus propios senilitos, por falta de imaginación y de capacidad de sus seguidores? Además es peligroso: piense en Hitler, el mejor cliente de senilitos en toda la historia. Se propuso, nada menos y entre otros proyectos, que la formación de un imperio que duraría mil años, la solución definitiva del problema judío, y la aniquilación total del bolchevismo. 

Resultado: cincuenta millones de muertos. Cuando un buen despacho de promotores de senilitos podría haberle vendido mejor cincuenta mil ideas constructivas, desde, no sé, transformar la Selva Negra en el mayor parque zoológico del mundo o hacer un puente de 40 kilómetros sobre la bahía de Jade, hasta levantar en Munich un rascacielos más alto que el Empire State o construir una cúpula de plástico que cubriera un radio de de 5 kilómetros alrededor de la puerta de Brandenburgo. Cualquier cosa es buena si es constructiva. No importa que sea alocada ni que sea un despilfarro. ¿No son preferibles mil cancillerías de Berlín a una sola guerra? Con diez arquitectos como Albert Speer, en vez de tanto ayudante criminal, Hitler seguramente habría convertido a Alemania en una suerte de bodega egipcia para turistas, pero acaso se hubiera evitado el otro horror. 

Los hombres del Renacimiento, que eran sabios, entendían bien ese fenómeno: propiciaban que sus poderosos fueran mecenas: sin los proyectos de San Pedro, el irascible Papa Julio II habría contado con más dinero para hacer sus guerras. En palabras de Napoleón (ese otro gran cliente de senilitos): las guerras se ganan con tres elementos: dinero, dinero y más dinero. El promotor de senilitos hace que el dinero, el Gran Dinero, se vaya a piedras, a papel, a cualquier cosa salvo a destrucción. Créame, los senilitos son el mejor antídoto de la megalomanía.

Al recitar su bien memorizada perorata, el doctor Otálora parecía levitar de emoción. Evidentemente se veía a sí mismo como el fundador de una secta de bienhechores de la humanidad. Con su porcentaje de participación  en las utilidades, por supuesto. Como si me hubiera leído el pensamiento, el pequeño apóstol volvió súbitamente a ser el pragmático hombre de negocios.

Bien, al grano. Tengo grandes planes para realizar aquí en México, y necesito sus servicios.
El trabajo era razonable, desarrollar el modelo, operarlo en nuestra computadora con los datos reales o estimados, de nuestros más importantes personajes a escala nacional, para finalmente producir un diccionario, una especie de Quién es Quién en el Mercado de Senilitos.
La negociación de honorarios fue un tanto ardua: el doctor Otálora era muy persuasivo y estuvo a punto de convencerme de que ya era pago suficiente el prestigio de participar en un proyecto tan importante como novedoso. Comprendí a tiempo que me estaba vendiendo un mini-senilito y finalmente pude sostener (casi) las cuotas normales del despacho.

Cuando salí del restaurante eran pasadas las once. Yo hacía un recuento mental de las corporaciones y los holdings que podrían catalogarse como senilitos, Belfast se había apaciguado y el aire era aliento de cirrótico cansado. Me imaginé poderoso. Más aún: todopoderoso: Presidente de la República. Haría instalar, desde el Ajusco hasta el Tepeyac, pasando por el Popo y el Ixta, un sistema de gigantescos extractores que se encargaran de una vez por todas de la maldición del esmog que asfixia a esta ciudad, la más poblada que jamás haya conocido la historia.

Durante las siguientes semanas apenas vi al doctor Otálora, pero el proyecto avanzó a buen ritmo. Debo reconocer que la preparación del doctor era excelente: coincidíamos prácticamente en todo. Así, en gran armonía, cubrimos las etapas de definición del modelo, su formulación matemática, su carga en la computadora y sus corridas de prueba.
Mis ingenieros de sistemas estaban encantados con ese insólito cliente que les ofrecía respuestas y no objeciones. En cuanto a él, se mostraba cada día más excitado. Como ejecutivo novato a punto de entrar por primera vez en la sala de Consejo, sentía acercarse el momento de abordar su mercado, y eso parecía añadir más brillo a sus inquisitivos ojos y todavía más electricidad a su nervioso cuerpecillo.

Como en todos los proyectos de investigación, nuestro principal problema fue el input. Encontramos dificultades para obtener algunos datos, lo mismo que para estimar otros. Lo primero lo solucionamos a través de otro despacho, de amigos míos, que tenía acceso a ciertas listas top secret de marketing a muy alto nivel (ahí me enteré de que el junior de tal ministro era el principal consumidor nacional de películas pornográficas infantiles, de que la esposa del director de la Casa de Moneda tenía desde siempre el monopolio de la distribución de antigüedades orientales de contrabando, de que…) La cuestión de las estimaciones la resolvimos mediante un ingeniosos sistema de hipótesis cruzadas que nos garantizaban una distribución pareja de los posibles márgenes de error, y cuya idea básica, tengo que aceptarlo, fue del inefable doctor Otálora.

El doce de octubre sonó el teléfono de mi casa. Eran el doctor y las tres de la mañana.
¡Ha comenzado la impresión!, me anunció con voz de despertador electrónico.

Desde un principio, el argentino, que había terminado por convertirse en un ramillete de nervios en flor, advirtió a los operadores que deseaba estar presente cuando se iniciara la impresión del Quién es Quién. Y yo, en un momento de fatal descuido, había accedido a acompañarlo en ese parto que, como era de esperarse, se presentaba inoportunamente.
Me vestí mal y salí incubando odio en mi corazón. Belfast comenzó a alborotarse de inmediato y yo imaginé que el cielo arriba era aliento de cirrótico con la boca cerrada.

Fueron cuatro horas de mortal aburrimiento para mí, y de frenético alborozo para el doctor Otálora, que observaba, leía, verificaba en su calculadora de bolsillo, y volvía a repasar, revisar, comparar, y a medida que la impresión del directorio avanzaba por el abecedario, se iba serenando paulatinamente. Al detenerse la impresora en “Zurbarán Mendoza Arturo” (Director de Finanzas de Industria COREREPE) don Jacinto Otálora era otro hombre. Podría pasar por un apacible monje cartujo. Temí por un momento que se hubiera desequilibrado, y me pareció prudente recordarle que con ese directorio su tarea apenas comenzaba.

-No se preocupe- me contestó pronunciando con suavidad cada palabra-. Lo sé bien. Pero de aquí en adelante todo será canto y miel.

A esas horas, el ahora tranquilo pero no menos obstinado doctor Otálora insistió en que celebráramos el nacimiento con un desayuno de champaña (lo que permitió a Belfast torturarme toda la semana siguiente). Después me extendió dos cheques: uno por los honorarios convenidos y otro como propina ara los analistas, programadores y operadores que habían intervenido en el proyecto. Luego se despidió ceremoniosamente y desapareció.

Desde entonces no lo he vuelto a ver. Supe que lo habían nombrado asesor especial de la Secretaría de Obras Públicas. Y últimamente se ha desatado un curioso rumor: se dice que el Gobierno Federal está estudiando el proyecto de crear una nueva ciudad capital en algún sitio ahora deshabitado. El rumor ha tenido un impacto formidable en el mundo de los negocios. Remember Brasilia, se dicen los contratistas, que viven en una dulce zozobra previendo el enorme volumen de construcción, mientras que los especuladores en bienes raíces ofrecen suculentas  recompensas a quien sepa decirles  el sitio exacto elegido, y los financieros arriesgan conjeturas sobre las repercusiones de tal medida  en la deuda externa y en la bolsa de valores. Hay muchos que se alegran porque, dicen, así dejaríamos de comprar tantas armas a Israel con el dinero del petróleo. Pero a mí la posibilidad de una nueva capital  me fastidia porque esta monstruosa ciudad sería abandonada a su suerte y ya nunca vería instalado mi grandioso sistema de extractores  para purificar el aire infecto que nos ahoga y que es, esta mañana, como aliento de cirrótico anciano.


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