jueves, 8 de enero de 2015

Julio Scherer, cronología*



Por Blanca Padilla
La importancia de Julio Scherer es tan grande para el periodismo que su currículum puede resumirse en la mitad de una cuartilla sin demérito alguno. Cuando solicité en 1999 este documento en las oficinas de Proceso, eso fue lo que amablemente Elena Guerra, su eterna secretaria, imprimió y me entregó: media cuartilla. 

La conservo aún. Inicia: “Julio Sherer García, reportero”. A continuación, un párrafo a renglón seguido con las principales entrevistas que realizó. Otro con los títulos de sus libros por año de edición. Y en el último, sus reconocimientos. Eso es todo. Su obra es lo que define a un hombre, parecía decir aquel papel. Algo muy distinto a quienes intentan darse una importancia que no tienen con currículums voluminosos.


Cerca de 70 años ejerció el periodismo Julio Scherer, descendiente de alemanes por línea paterna. Su abuelo, el alemán Hugo Scherer, banquero de ocupación, vivió hacia la segunda mitad del siglo XIX, en la casa que hoy ocupa el hotel Fiesta Americana. Fue uno de los hombres más ricos de México en la época porfiriana. El padre de Julio Scherer se llamó Pablo Sherer y fue trabajador de la bolsa.


Por línea materna su abuelo fue el destacado jurista guanajuatense Julio García López Portillo, presidente de la Suprema Corte de Justicia por muchos años. Su madre fue la señora Paz García. 


Sherer García nació en la ciudad de México el 7 de abril de 1926. Su infancia la pasó bajo la severa disciplina del Colegio Alemán. Sus calificaciones eran malas en Matemáticas y Geografía, no así en deportes. Era bueno para la natación y lo siguió siendo, aún en su edad madura.


Los Scherer García vivieron en una gran casona colonial de San Ángel, hasta 1955 cuando el padre de Scherer, a causa de un mal negocio, perdió la fortuna familiar. Nunca se repuso don Pablo Scherer de ese golpe moral y murió poco después de un infarto.


Por lo que respecta a su madre, él la tuvo siempre en un lugar privilegiado. Fue una de las mujeres más importantes en su vida, antes que su esposa, sus hijas y Elena Guerra.


“Julio era muy apegado a ella, vivió con él hasta sus últimos años. La cuidaron en su casa y ahí murió. Ella lo quería mucho, yo creo que por eso Julio es un hombre tan seguro. Todos los hombres que tienen una madre así, tan afectiva, lo son”, nos comentó Vicente Leñero en 1999.


Y en Los presidentes, el segundo de sus libros reportaje, Scherer se expresa así de su madre: “Frágil, de peso exiguo, se consumía en el dolor de una enfermedad cruel: cáncer. Su cabello gris, ordenado en ondas que caían y se elevaban naturalmente, formaba el marco de un rostro apacible o estremecido, nunca indiferente. No era bella, salvo que se la mirara con atención. Más hacia dentro que hacia fuera vivían sus ojos oscuros. Hablaba en voz baja. Miraba con dulzura”. 


Católico de formación y con un primo sacerdote, sin duda, los antecedentes familiares de Scherer moldearon su carácter y normaron su conducta periodística y su actuación como director de Excélsior cuando fuera uno de los hombres más influyentes de México. Pero también hicieron su parte los reveses que vivió como periodista en su ser y hacer como hombre y como profesional de la palabra. 


La formación académica sin embargo, también jugó un papel importante. Scherer cursó Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) e hizo estudios de Filosofía de manera autodidacta o con maestros ocasionales. 


Aunque ya desde muy temprano se había iniciado en el periodismo. Llegó a Excélsior en 1945, bajo la dirección de Rodrigo de Llano. De “mandadero” escaló a reportero político, luego a jefe de información, auxiliar de la dirección y en 1968, 17 años después de su ingreso, llego a dirigir El diario de la vida nacional.


A su paso por Excélsior realizó importantes entrevistas con los personajes más destacados del mundo en política, arte y cultura.


Supo cultivar sus fuentes, conservar amistades que andado el tiempo habrían de beneficiarle periodísticamente, nos comentó hace 15 años el columnista Miguel Ángel Granados Chapa. Estas relaciones lo mantuvieron siempre cercano al poder de manera física; aunque ética y moralmente siempre trató de estar lejos. 


Entre la prensa y el poder “el matrimonio es imposible, pero inevitable el amasiato”, dice Julio Scherer en Estos años. Y para él, como para ningún otro, fue una obsesión desentrañar el lado oscuro de la relación que guardan el poder y la prensa en México, incluso exponiendo su propia experiencia.


De 1951 a 1976 publicó en Excélsior sus entrevistas con Fidel Castro, Che Guevara, Willy Brandt, Christian Bernard. Augusto Pinochet, Orlando Letelier, Olof Palme, Conrad Adenahuer, Chou- en Lai, Salvador Allende, John F. Kennedy, Dimitri Shostajovich, André Malraux,  Galo Plaza, Pablo Picasso, Jean Fonda, Adolfo López Mateos y numerosos presidentes latinoamericanos. De esta época es también su libro La piel y la entraña, apasionada biografía de Alfaro Siqueiros (1965).


Fue durante estos primeros años en Excélsior cuando se casó con la jalisciense Susana Ibarra, con quien procreó a sus nueve hijos.


Ya como ayudante de la dirección y luego como director de Excélsior escribió los célebres reportajes acerca de la Primavera de Praga (1968), la invasión estadounidense a Santo Domingo, la visita de Lázaro Cárdenas a la Habana, series sobre Sudáfrica (1974) y Bangladesh (1975), la crónica de la matanza de Ezeiza, Argentina (1975) y la serie sobre el rompimiento de las relaciones diplomáticas entre México y Guatemala. En ese tiempo también fundó la revista Plural (octubre de 1971) publicación cuya dirección encargó a Octavio Paz.


El 4 de octubre de 1971 Julio Scherer recibió el premio María Mors Cabot, que consistía en una medalla para él y otra para Excélsior en virtud de su elevada calidad periodística. Excélsior era el cuarto periódico a nivel mundial, sólo después del Washington Post, Le Monde y El País.


En julio de 1976 Scherer fue expulsado de la dirección de Excélsior tras un golpe orquestado desde la presidencia de Luis Echeverría. En su lugar se impuso su otrora amigo y compadre, Regino Díaz Redondo. “Los amigos son los únicos que pueden traicionar”, le dijo la viuda de Salvador Allende alguna vez a Scherer.



En noviembre de ese mismo año fundó la revista de análisis e información: Proceso, por mucho tiempo la única oposición en México ante el poder omnímodo del Partido Revolucionario Institucional, de acuerdo con Elena Poniatowska. 


Scherer rememora así su paso por Excélsior en Los presidentes: “Viví en Excélsior de los 18 a los cincuenta años, de mandadero a director. Allí me casé, allí nacieron mis hijos, allí murieron mis padres, allí conocí la amistad, allí tuve pasiones y enfriamientos, allí amé a Susana para siempre. Allí vi de cerca al mejor y al más vil de los reporteros, Carlos Denegri”.


Ya desde esos años, su apasionante vida, sobre todo después del 8 de julio de 1976 dio pie para que algunos escritores lo convirtieran, abierta o veladamente, en personaje de novelas como el caso de Los periodistas, de Vicente Leñero y La guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín. También hablaron de Scherer Manuel Becerra Acosta (hijo) en Dos poderes y Octavio Paz en El ogro filantrópico.


En 1977, recién estrenado director de Proceso, Julio Sherer fue designado Periodista del año por la revista Atlas World Pres Review de Estados Unidos.


En Proceso publicó reportajes sobre las revoluciones de Irán (1979), Nicaragua (1980) y El Salvador (1981), así como una entrevista con Octavio Paz en el octogésimo aniversario del poeta (1993).


Y luego de 21 años de haber publicado la biografía de Siqueiros, Scherer volvió a verter su trabajo periodístico en formato de libro para ya no detenerse: Los presidentes (1986); El poder, Historias de familia (1990); Estos años (1995); Salinas y su imperio (1997); Cárceles (1998); Parte de Guerra (memorias del general Marcelino García Barragán, sobre el 2 de octubre de 1968), en coautoría con Carlos Monsiváis (1999); Pinochet, vivir matando (2000); Máxima Seguridad. Almoloya y Puente Grande (2001); Tiempo de saber: Prensa y poder en México, en coautoría con Carlos Monsiváis (2003); Los patriotas. De Tlatelolco a la guerra sucia (2004); El perdón imposible (Versión ampliada de Pinochet, vivir matando).

De edición más reciente son El indio que mató al padre Pro (2005); La pareja (2005); La terca memoria (2007); La reina del Pacífico (2008); Allende en llamas (2008); Secuestrados (2009); Historias de muerte y corrupción (2011); Calderón de cuerpo entero (2012); Vivir (2012) y Niños en el crimen (2013).


En 1986 recibió el premio Manuel Buendía, del que fue presidente del jurado por muchos años y, en 1998 rechazó el Premio Nacional de Periodismo. Una vez cambiada la dinámica de este premio, lo recibió en 2003; pero antes, en 2002, le fue entregado el Premio Nuevo Periodismo, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano de Gabriel García Márquez.


En 1996 Scherer dejó la dirección de Proceso, pero continuó como presidente del Consejo de Administración de Comunicación e Información S.A., casa editora de Proceso y de la Agencia Proceso de Información (APRO), siempre en compañía de su inseparable amigo, Vicente Leñero. Además siguió trabajando en sus libros.


A Scherer le alcanzó la vida para presenciar un acto de justicia divina el 20 de octubre del año 2000: la expulsión de Regino Díaz Redondo de la dirección de Excélsior, en igual forma que él obligó a Scherer a dejar aquel legendario periódico 24 años atrás. Sólo que las condiciones fueron un tanto distintas. 


Mientras la asamblea que expulsó a Scherer estuvo manipulada desde el poder e inflada con gente ajena a la cooperativa; la asamblea que suspendió de sus funciones y derechos a Díaz Redondo estaba formada únicamente por cooperativistas cansados de las corruptelas y prepotencia de su, hasta ese día, director.


Además, Julio Scherer salió por la puerta principal del diario acompañado por más de 150 de sus seguidores, entre columnistas y cooperativistas. Con él iban Becerra Acosta hijo, Vicente Leñero, el gran caricaturista Abel Quezada y Miguel Ángel Granados Chapa, entre otros. 


Díaz Redondo, en cambio, salió escabulléndose por los pasadizos secretos del diario solamente con sus más cercanos colaboradores, menos de diez.


Scherer, escueto como siempre en sus asuntos personales, sólo escribió, en el número 1251 de Proceso, dos pequeños párrafos acerca del fin que tuvo Díaz Redondo como director de Excélsior: 

“Regino y los suyos hicieron de la traición una manera de vivir. Fueron desleales con su oficio y desleales con su país. La evidencia está ahí para mirarla: después de 24 años se ganaron, bien ganado, el desprecio público.


”A los trabajadores dignos, que batallaron con escombros, sólo me cabe desearles éxito”.


Pero antes de irse, don Julio tuvo que vivir también la pérdida de su gran amigo, Vicente Leñero, ocurrida apenas hace un mes, el 3 de diciembre. Y, antes, las muertes de Carlos Monsiváis y de Granados Chapa, dos de sus mejores colaboradores también.


En el año 2000 vio partir a Elena Guerra, quien lo siguió a su salida de Excélsior y trabajó con él hasta su muerte. Para entender la gratitud de don Julio hacia esta mujer, basta leer la dedicatoria que le escribió al regalarle Parte de Guerra: “Elenita: En muchos sentidos su vida ha sido mi vida y mi vida ha sido la de usted. A esto se le llama amor, amistad. Julio”.


Y este siete de enero de 2015, se nos fue ese “Mirlo Blanco”, como llamaba el ex presidente Gustavo Díaz Ordaz a Scherer por su honestidad, o ese “Ángel Exterminador” como lo nombraba Luis Echeverría por lo crítico que fue Excélsior bajo su dirección. 


Don Julio, “el último romántico del periodismo”, como lo llamó el columnista Roberto Zamarripa, nos deja en un momento tremendo para el periodismo y para la realidad nacional. Un momento en el que urge más que nunca cuestionar al poder y obligarlo a transparentar sus acciones. ¿Seremos capaces de tomar la estafeta que don Julio deja y seguir adelante?


*Extracto de la tesis Julio Scherer y su trabajo periodístico, tan lejos y tan cerca del poder, Blanca Padilla, 2001.

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