
COMUNICADO
Las relaciones de la literatura y
el cine son más complejas que tomar una novela para llevarla a la pantalla
grande, son más complejas que la pregunta de si es posible hacer de un buen
libro una buena película, van mucho más allá de eso y quizá Arturo Ripstein sea
la persona que con mayor amplitud ha cabalgado entre estos mundos de eterna e
inagotable reciprocidad.
“De muy jovencillo todo lo que leía era pensando en
cómo se filmaría, yo no tenía dudas de qué quería ser, nunca pensé en ‘voy a
ser escritor y entonces tengo que formarme de una base de lecturas’, no, no, yo
siempre quise hacer películas y sabía que leyendo iba a encontrar rumbo a mis
inquietudes”.
“Hay un montón de novelas que leí viendo la película
porque era un deleite, un placer más con la lectura, la que yo tenía en los
ojos, en el corazón en ese momento. Leí una buena cantidad de cosas y
muchísimas no las logré hacer película, pero las que sí logré hacer están
siempre permeadas por esa otra cantidad de lecturas que tuve, la prueba es que
en mi trabajo como director mi primera película era de un novelista, García
Márquez”.
En ese entonces, cuenta “no era García Márquez todavía,
era un novelista que había publicado algunas cosas en Colombia y en México
solamente se conocía la reedición de El
coronel no tiene quien le escriba y el librito de cuentos de Los funerales de Mamá Grande. No se le
conocía y fue una insistencia profunda de mi parte en que era más importante
trabajar con un escritor que con un guionista y en realidad esa ha sido un poco
la constante en mi trabajo”.
La primera etapa de la trayectoria de Arturo Ripstein
estuvo marcada por la filmación de guiones de escritores como Elena Garro (Los recuerdos del povenir, 1968), José
Emilio Pacheco (El castillo de la pureza,
1972), José Donoso (El lugar sin límites, 1977), Manuel Puig (El otro, 1984), Vicente Leñero (El Evangelio de las Maravillas, 1998) y
el premio Nobel de Literatura egipcio Naguib Mahfuz.
Los escritores eran siempre preferibles a los
guionistas porque con estos “había truco”, tenían ya “muy digerido” lo que
tenían que contar. “Con los escritores más o menos llevaba el rumbo técnico del
asunto, les decía, ‘métete por acá o haz esto o este problema vamos a
resolverlo de este modo’, pero el escritor escribía y era formidable. De pronto
estaba sentado frente a un escritor que lo que estaba haciendo era literatura,
literatura hermosa”.
Hasta que llegó Paz Alicia Garciadiego. “Empezamos
trabajando unos cortos que no se llegaron a hacer nunca y le propuse después hacer
la adaptación de El gallo de oro,
tenía los derechos, conocí a Rulfo, se los pedí y me los dejó. Cuando empecé a
leer lo que Paz hacía fue un descubrimiento porque está muy enfocada al cine”.
“Paz no escribe literatura como tal, no hace novelas o
cuentos, que los ha hecho por supuesto, se mete a hacer guiones que son de una
belleza asombrosa, todas las reglas de los guiones las desobedece por completo,
cuando dicen tienen que ser muy específicos, concretos y compactos, ella pierde
totalmente esas reglas y hace una especie de literatura con unos diálogos
añadidos y su manejo de atmósferas especiales”. Y llega la confesión artística
y amorosa: “Con ella encontré el otro lado de mi voz, que era lo que siempre me
faltaba”.
Fue la génesis del amor productivo. “Por eso me la
llevé a vivir a mi casa. Desde entonces llevamos 25 años haciendo películas,
esta (Las razones del corazón) es
como la número 13.
¿Qué es el
cine entonces con respecto a la literatura cuando intenta retomarla?
AR: -Es una traducción de un lenguaje a otro
completamente distinto, vaya, una traducción de una lengua a otra se parece
muchísimo más que de un género a otro, de la literatura al cine, pero es al
final de cuentas una traducción.
Las Razones del corazón,
Bovary soy yo
Arturo Ripstein llegó a 2011 con una nueva producción.
Una adaptación literaria de la “novela del adulterio por antonomasia”, Madame Bovary, cuya versión sería
actualizada a la actualidad por Paz Alicia Garciadiego.
“Yo le dije a Paz que no leyera de nuevo la novela,
cuando se nos ocurrió hacer de nuevo Madame
Bovary, y se nos ocurrió por emblemática, Emma Bovary es el personaje de la
literatura de adulterio por antonomasia aunque hay otros mejores”.
“Lo que le pedí es ‘no la leas’, sino de lo que te
acuerdes, lo emblemático, lo que se te haya quedado en la cabeza es de lo que
vamos a platicar. Y eso es. Y entonces llegó a la conclusión de que lo
importante eran los últimos dos días de Bovary, su cercanía con la muerte”.
Para Ripstein la relación entre cine y literatura no
crea vínculos entre las obras, ninguna depende de la otra ni la calidad de la
primera garantiza la de la segunda. Son hermanas egoístas.
“Lo que se hace cuando se mete uno a filmar una obra
literaria es apropiarse de ella, faltarle al respeto al autor, el autor es un
punto de inspiración, la novela es un punto de inspiración, uno la vuelve su
propia obra”.
“Flaubert en algún momento dijo Madame Bovary soy yo,
en esta Paz Alicia dijo ‘Flaubert soy yo’, entonces removió lo que era el
autor, su jerarquía para volverlo ella. No importa, la novela finalmente es
incólume, no importa qué tantas adaptaciones ni qué tantas cosas se hagan, la
novela no se mueve, no importa si las películas, las obras de teatro, la poesía
sea mejor que la obra que origina, o peor, da igual, la novela queda intacta,
lo que uno hace es lo que uno tiene dentro del corazón a partir de la
inspiración de una obra, que fue lo que hicimos en el caso de Bovary, era
apropiárnosla. Nunca decir es la esencia de la novela o es lo esencial del
autor, no, no, no, es nuestra cosa”.
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